lunes, 26 de abril de 2010

Epitafio

Se jorobó, se jorobó todo irremediablemente, mecagüenla. No sé qué hago aquí, en este llano en llamas al que me ha arrastrado alguna fuerza sobrenatural. Salía yo a la calle bien repeinado, chulo, cuando ¡hop! ese viento del demonio me ha cogido por los tirantes y hale, héteme aquí.


La tierra está recocida y quemante y se escinde en polvareda a cada paso mío. Todo me rehúye: las plantas de maguey, las piedras erosionadas por el sol de siglos, los bicharracos sin nombre de sonido estridente. ¿Qué voy a hacer con este sol de plomo que me está secando las carnes?


Es bien raro todo, porque calculo que eran las seis cuando salí de casa y, en cambio, esto parece mediodía nomás. Pero me da que allí, en la aldea, el tiempo sigue su curso normal: ahora habrá anochecido y la noche brillará con las luces del baile y a la Rosa la estará agarrando de la cintura cualquier hijo de la chingada. Ella tendrá, como siempre, la vista baja y hablará muy poco, inaudiblemente. Con los párpados caídos y el pelo negrísimo, con su mantoncito tan apañado, ¿quién no la va a pretender?


Los celos me recomen. Los celos abrasan como ají, pinchan, me amasan los huesos hasta dejarlos chiclosos: igual que a una terca mazorca a la que remojan, ablandan y muelen con piedra volcánica para arrojar luego la papilla de maíz al fuego, donde muere en forma de tortillas mudas. Así, yo me he tumbado sobre una losa de pizarra rusiente que parece la pura sartén de las tortas y aquí me estoy muriendo, achicharrado como lagarto frito. Un puma se me comerá y los huesos los secará el hastío de este páramo y será el fin.


Y mira que pasé algún tiempo pensando qué epitafio ponerme. Había elegido “Murió vivo“, aunque tras dudar entre ése y el que el poeta cojo le puso a su perro. Al final, sólo tendré un cóndor planeando su sombra sobre mi pellejo.


A Dios me encomiendo: campanas, sonad.


[Petroglifo que se encontró grabado a diente y uña en una pared rocosa de un desierto de Hidalgo; grabado, según se dice, por un tal Hemencio Cortés antes de morir. Había desaparecido el quince de agosto de 1920 de su pueblecito. Aunque, bien mirado, hay otro tal Hemencio Cortés que sigue viviendo en ese lugar: seco como esparto, enjuto, babilónico, curtido por el sol y loco. Vivo. O eso me pareció a mí.]

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