miércoles, 28 de abril de 2010

Multiverso

Volvía a casa pensando en mi odio a las obras completas, en la playa y el anfiteatro que íbamos a visitar, en los perros sin nombre ni pelo que punteaban la carretera a ratos.

Volvía pensando en lo bello, en oler las lilas del jardincillo de la entrada, en escribir dos poemas de seguido antes de la comida.

Volví y, cuando abrí el buzón, sólo había un folleto de motosierras.

Logroño, 26-4-2010

lunes, 26 de abril de 2010

Epitafio

Se jorobó, se jorobó todo irremediablemente, mecagüenla. No sé qué hago aquí, en este llano en llamas al que me ha arrastrado alguna fuerza sobrenatural. Salía yo a la calle bien repeinado, chulo, cuando ¡hop! ese viento del demonio me ha cogido por los tirantes y hale, héteme aquí.


La tierra está recocida y quemante y se escinde en polvareda a cada paso mío. Todo me rehúye: las plantas de maguey, las piedras erosionadas por el sol de siglos, los bicharracos sin nombre de sonido estridente. ¿Qué voy a hacer con este sol de plomo que me está secando las carnes?


Es bien raro todo, porque calculo que eran las seis cuando salí de casa y, en cambio, esto parece mediodía nomás. Pero me da que allí, en la aldea, el tiempo sigue su curso normal: ahora habrá anochecido y la noche brillará con las luces del baile y a la Rosa la estará agarrando de la cintura cualquier hijo de la chingada. Ella tendrá, como siempre, la vista baja y hablará muy poco, inaudiblemente. Con los párpados caídos y el pelo negrísimo, con su mantoncito tan apañado, ¿quién no la va a pretender?


Los celos me recomen. Los celos abrasan como ají, pinchan, me amasan los huesos hasta dejarlos chiclosos: igual que a una terca mazorca a la que remojan, ablandan y muelen con piedra volcánica para arrojar luego la papilla de maíz al fuego, donde muere en forma de tortillas mudas. Así, yo me he tumbado sobre una losa de pizarra rusiente que parece la pura sartén de las tortas y aquí me estoy muriendo, achicharrado como lagarto frito. Un puma se me comerá y los huesos los secará el hastío de este páramo y será el fin.


Y mira que pasé algún tiempo pensando qué epitafio ponerme. Había elegido “Murió vivo“, aunque tras dudar entre ése y el que el poeta cojo le puso a su perro. Al final, sólo tendré un cóndor planeando su sombra sobre mi pellejo.


A Dios me encomiendo: campanas, sonad.


[Petroglifo que se encontró grabado a diente y uña en una pared rocosa de un desierto de Hidalgo; grabado, según se dice, por un tal Hemencio Cortés antes de morir. Había desaparecido el quince de agosto de 1920 de su pueblecito. Aunque, bien mirado, hay otro tal Hemencio Cortés que sigue viviendo en ese lugar: seco como esparto, enjuto, babilónico, curtido por el sol y loco. Vivo. O eso me pareció a mí.]

jueves, 22 de abril de 2010

To be honest

NADA DE LO QUE HE ESCRITO TIENE IMPORTANCIA ALGUNA. AÚN SI NADIE LO LEYERA, LAS LEYES DE LA FÍSICA SEGUIRÍAN INMUTABLES; EL GLOBO, GIRANDO; LAS GENTES EMPECINADAS EN SUS ERRORES Y RECOMIDAS POR LAS MISMAS ANSIAS VIEJAS.

Y YO -que sola-
Y YO -que inacabada-
Y YO - yo, en suma-
DEBO INOCULARME
LA HUMILDAD
EN VENA.

viernes, 16 de abril de 2010

Le droit à la paresse

Ponerle punto a un poema implica
la tediosa,
la enojosa acción de comenzarlo.

Todos locos

Siempre otras gentes:
vivir en los otros
siempre.

Y no es posible
avanzar
así.

jueves, 15 de abril de 2010

Ébauche

La vie,
tiens!

Quelque chose
d'invraisemblable,
tout court.

miércoles, 14 de abril de 2010

Inanitas, -atis

Podemos teorizar sobre el artista, sus métodos
y hasta el arte en sí;
pero si los dioses nos han negado
ese soplo de genio
podemos,
entonces,
darnos por muertos.

sábado, 10 de abril de 2010

Anguila

La anguila ha de estar viva y ser de río. Para matarla se agarra por la cola con la mano envuelta en un trapo para que no escurra y se le da un golpe seco en la cabeza contra el mármol de la fregadera. Luego se le hace una incisión cerca de la cabeza y se la despoja de su piel tirando de ella con un trapo. Se le cortan las agallas y se le hace una cortada de varios centímetros por el lado del vientre; se destripa y se lava bien con agua fría; se corta la cabeza y la cola y se vuelve a lavar y se seca con un trapo, quedando preparada para guisarla.


Enciclopedia culinaria “La cocina completa”. María Mestayer de Echagüe, Marquesa de Parabere. 1940



miércoles, 7 de abril de 2010

La muerte y la doncella

No le dije que la iban a matar: le planté un par de besos desganados y adiós muy buenas.

La violencia, si es suavecita, tanto mejor



- Sí, sí: yo la mato. Pero primero tengo que saber quién es, natural. – el viejo, curtidísimo por el sol, había hablado alegre y despreocupado.

- ¿De un tiro o así?

La sonrisilla que le poblaba la cara se ensanchó traviesa. El hombre pareció rejuvenecer bajo la telaraña de arrugas que le asfixiaba el rostro.

- ¡Tejo! – la respiración se le hizo fatigosa y hubo de parar a tomar aire – Los dolores no hay dios que los aguante, pero es que hoy se usa tan poco tan poco que seguro que pasa desapercibido.


¿Habría sido buena idea encargárselo a aquel tipo de mirada aviesa? Tenía los dedos sarmentosos, tierra bajo las uñas. Había criado siete hijos y los últimos sesenta años se había levantado al alba para arar los campos. ¿De verdad mataban esas manos anchísimas que subían con amor los nietos al regazo?


Los conejos se removían inquietos en sus jaulas, como si sintieran la electricidad del ambiente. Todos los bichos eran blancos y les fosforecían los ojos rojos. Nunca me ha gustado esa raza: hay algo fantasmagórico tras su albinismo.


No hubo apretón de manos para sellar el pacto, ni más palabras. El encargo, mi propósito, era tan sucio que las palmas se nos hubieran teñido de un rojo delator; o lo mismo de negro, por lo ruin del crimen.


Cumplió, claro está. No dudé ni un momento de su eficacia: aquella noche en su pajar, llegó a jurar por su sangre. Yo, consumido por los nervios como estaba, no aprecié aquellas florituras tan propias del género negro. Con voz quebrada, se despidió diciendo: “Yo no fallo, hijo”, al tiempo que acariciaba dulce el filo de sus tijeras de podar. El metal brillaba con el mismo fulgor incómodo que se le agazapaba en los ojos terrosos.

martes, 6 de abril de 2010

Elogio de las ciudades pequeñas

Verdeaban las mañanas
y yo no sé en qué se me hencogía el halma.